
Estuve más de tres semanas sin poder dormir. Cada noche, después de acostarme, pasaba horas con los ojos bien abiertos dándole vueltas al mismo tema. Me dolían la cabeza y el estómago, me levantaba a fumar algún cigarro, releía libros usados. Viajé al mar, fui a un país pequeño rodeado de agua por todas partes. Allí, mi habitación se iluminaba por el faro del puerto. Después volví a Madrid y tomé una decisión. Haría unos exámenes de acceso, me probaría a mí misma. Yo me sentía como el piloto que sabe que no puede fallar en la maniobra de aterrizaje. Y al final lo conseguí. Ahora tengo bajo el brazo dos cartas de admisión en escuelas de cine y una cuerda que tira de mí más fuerte que nunca para que no me caiga.